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SOBRE LA MISERICORDIA

He reflexionado sobre mi manera de presentar la oración. Me ha parecido que para evitar el malentendido del que os hacéis eco, debería referirme con más frecuencia a la página extraordinaria de San Lucas que es la parábola del: «hijo pródigo». Torturado por el hambre, el pobre muchacho se dijo un día: « volveré a casa de mi padre». Y el padre, que cada día iba al lugar desde donde podía ver el camino, lo vio, « corrió a su encuentro», «se le lanza al cuello» y lo «abraza tiernamente».

La oración es eso: el momento privilegiado para tomar conciencia de su miseria, de alejarse de ella y volverse hacia Dios; el lugar del encuentro entre el Padre y el hijo; el abrazo de la misericordia y la miseria; la alegre fiesta de los reencuentros.

Comprended: no es el hijo el que se purifica, se santifica a sí mismo y viene entonces a encontrar a su padre. Ved más allá, se acerca impuro, con vestidos repugnantes; es el perdón paternal el que lo purifica, lo transforma, lo revisite con un traje de fiesta. Hablemos sin imagen, la purificación y la santificación del pecador no son obra del hombre sino de Dios – “Oh Dios, crea en mí un corazón puro.” Don de Dios, don gratuito que el hombre no merecería, que se le ha concedido si cree y si se atreve a creer. Y precisamente eso es lo que es grande ante los ojos del Señor: que el hombre tenga una idea tan alta de su Dios, que no duda en creer en la misericordia. Y precisamente es eso lo que es tan grave a los ojos del Señor: que el hijo mayor se escandaliza por la misericordia, que no ve sino una falta de dignidad, un insulto a la justicia.

La raza de los fariseos no podrá comprender jamás. Porque para ellos, es el hombre el que santifica por sí mismo, por sus esfuerzos y sus destrezas morales, y además, se presenta a Dios, digno entonces, pensaba él, de tratarlo, de tratar a su familia. En contraposición, en la asamblea de los santos «hay más alegría por un solo pecador que se arrepiente que por 99 justos que no necesitan arrepentirse»: ella no podría permanecer insensible ante este espectáculo maravilloso de la misericordia infinita del corazón de Dios cada vez que se presenta ante Él un pecador que confía, que se atreve a creer en «la locura de Dios».

«Hazte capacidad y yo me haré torrente», decía, si la memoria no me falla, Nuestro Señor a Santa Catalina de Siena. Aportar su miseria para que la misericordia la sumerja, esa es la oración del pecador – la de todos nosotros, porque si «alguien pretende no ser pecador, es un mentiroso», afirma san Juan.

HENRI CAFFAREL
CUADERNOS SOBRE LA ORACION N° 41 — JULIO 1961 — PAGINAS 194 A 195

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