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BENEFICIOS Y DIFICULTADES EN LA ORACIÓN FAMILIAR

Dificultades

Hablaremos brevemente de las dificultades de la plegaria familiar. Sin embargo, son tan reales que no es posible desconocerlas. Unas se refieren a la presencia simultánea de los niños y los hijos mayores. Una observación se repite en los testimonios: no conviene descansar la oración en los pequeños, si no se quiere que muy pronto los mayores se fatiguen de la plegaria familiar.

Otras se refieren a la psicología de los adolescentes. Estos de ordinario manifiestan poco entusiasmo por participar en la oración de todos. Es un arte muy meritorio, que saben practicar algunos matrimonios, el de conseguir que sus hijos continúen fieles a la plegaria común hasta que abandonen la casa. Cuando los hijos se apartan de esta oración, no es la culpa siempre necesariamente de los padres, no es la culpa siempre necesariamente de los hijos.

Beneficios

Ante todo es un gran factor de unidad. «La oración de la Iglesia, dice el P. Daniélou, hace la comunidad de la Iglesia.» «La oración familiar, dice un matrimonio francés, hace la unidad familiar. Todo el mundo está de acuerdo en que las comidas de la familia deben hacerse al mismo tiempo; no se concibe una familia en qua cada miembro tome su cena a la hora que le conviene. Reuniéndose para el acto que fortifica el cuerpo, es lógico reunirse para fortificar los corazones y las almas. Este argumento tiene mucho valor para los niños.»

Otro afirma: «En medio de las dificultades y de la evolución de los acontecimientos familiares, es evidente, en nuestra casa, que la reunión cotidiana de la plegaria es un regulador del equilibrio, del todo irremplazable.» Otros dicen también: «Es el momento de la verdad del hogar.» Acentúan lo que hemos dicho antes de la piedad conyugal: «Es el momento en que se restablece la paz.» «Nunca hemos hecho la oración, escribe un matrimonio belga, antes de que la paz haya aparecido en la familia. Si hay alguna querella, se remedia antes de comenzar la oración.» Feliz familia, donde los disgustos no quedan subyacentes a lo largo del tiempo, siempre prontos a resurgir: la plegaria los disipa cada tarde.

La práctica de la oración familiar favorece el acercamiento de las almas, después de los choques: «Una vez me dejé llevar de una gran cólera, precisamente antes de marchar a la misa del domingo, contra uno de mis chicos que se había retrasado. ¿Cómo ir a la Iglesia, en seguida, después de tal escándalo? Nos pusimos los dos de rodillas, yo le pedí perdón como se nos dice en el Evangelio, y ambos pedimos perdón al Señor: todo fue sencillo y natural, porque tenemos costumbre de hablar de Dios en la oración familiar.»

Beneficios para la familia entera, beneficios -que no son menores- para los hijos. Sin oración, la educación religiosa corre el riesgo de limitarse a una pura moral del deber. Pero tal moral jamás esponjará les almas. Gracias a la oración, los grandes dogmas de la fe se viven aún antes de haberlos oído proclamar. Y cuando, de mayores, los niños frecuenten el catecismo, comprenderán tanto más fácilmente el sentido de las verdades que les son propuestas. Aquí merecería la pena dedicar un capítulo singularmente interesante: ¿Qué hacer para que los dogmas más importantes, la Santísima Trinidad y la Redención, la Iglesia, la Comunión de los Santos…, etc., afloren a la piedad familiar y no en forma de discursos, sino en el entresijo mismo de la oración?

Lo que, por encima de todo, forma el alma religiosa de los niños, es el espectáculo de un padre y de una madre en adoración ante Dios. Pero -insisto en ello- a condición de que vuestra actitud sea ejemplar. Vale mil veces más no rezar delante de los hijos, no bendecir la mesa, si vuestra señal de la cruz no va a ser un acto de adoración, lentamente y correctamente realizado, si vuestras actitudes en la oración no son reveladoras de una profunda reverencia hacia Dios. Que lo sean, y esto ya contribuye a inculcar a vuestros hijos el sentido de Dios, a marcarlos profundamente. Escuchad este grito del corazón: «Yo te bendigo, Dios mío… Cuando yo era adolescente, temía adorar a un Dios que sirviese sólo para los niños o las piadosas mujeres… Yo te bendigo, Dios mío, por mi padre, que juntaba su oración a la mía.»

Otra maravilla que realiza la piedad familiar: cuando la familia entera hinca sus rodillas ante el Padre que está en los cielos, los padres y los hijos se hacen «hermanos», «Nos ocurre, a mi marido y a mí, que pedimos perdón a Dios en presencia de nuestros hijos, de una impaciencia, de una brutalidad, de un acto de orgullo, de una falta de caridad, si nuestros hijos han sido testigos de nuestras debilidades. Siempre les hemos visto emocionarse, al vernos, a nosotros también, vulnerables y arrepentidos. Yo sé que no nos juzgan; pero que se sienten muy cercanos a nosotros.»

La oración fundamenta la autoridad de los padres: este es otro beneficio, de singular importancia. Si tantos niños, tantos adolescentes sobre todo, son rebeldes, es, a menudo, porque no han visto a su padre y a su madre arrodillarse ante otro más grande que ellos, para recibir les consignas de éste más grande. Porque su padre y su madre no se muestran sumisos a Dios, los hijos no pueden tolerar el someterse a su padre y a su madre. Y en cierto sentido tienen razón.

¿Queréis saber ahora por qué, en muchas familias, donde se practica la oración familiar, no se reciben de ella, sin embargo, tantos beneficios? Porque no se prepara la oración. Para que sea vivificante es necesario que sea meditada, premeditada, por el padre y por la madre, o a1 menos por uno de los dos. Cuántas respuestas contienen observaciones análogas a esta confesión: «Al cabo de algún tiempo nos hemos dado cuenta de que, si queremos continuar con le oración familiar la tenemos que preparar.» ¿Me objetaréis le falta de tiempo? Pero sí con un poco de buena voluntad y de entrenamiento, es fácil utilizar para esta preparación algunos tiempos perdidos al correr del día: idas y venidas, esperas diversas. Es fácil también repartirse el trabajo entre marido y mujer, reservándose el uno las alusiones a los acontecimientos del día y las intenciones de la plegaria, y la otra preparando en casa las lecturas que van a hacerse de la Biblia o del Misal. Pero, evidentemente, hacen falta, ante todo, convicción y fe.

Cualesquiera que sean las ventajas que la oración familiar reporta, no olvidemos, sin embargo, que la familia no reza por el provecho que saca de rezar, sino por alabar a Dios, por su gloria, por interceder con Cristo y por Cristo.

Una familia que no practica la oración familiar se me antoja una iglesia perdida en el campo, con la lámpara del presbiterio apagada: ¿No es clara señal de que esté muy descuidada y aún de que no vive en ella Jesucristo sacramentado?


¿He conseguido convenceros de que la oración, que sube hasta Dios desde esta «iglesia reducida» que es la familia cristiana, tiene gran importancia? Imaginad cómo serían de vivaces y fuertes vuestras parroquias, si todos los hogares practicasen la plegaria en común. Que en adelante todos los matrimonios de nuestros Equipos, en los casi veinte países en que están implantados, sean fieles a la plegaria conyugal y familiar, que se hagan apóstoles de ellas y asistiremos a una renovación de la vida cristiana en los hogares.

H.C.

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