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ORAR ES ABRIRME A LA ORACIÓN DE CRISTO

La oración no consiste simplemente en mantenerme con Cristo, la oración consiste en abrirme a la oración de Cristo. Y piensen en Jesús quien, en la noche, iba a la montaña y allá, bajo un cielo pleno de estrellas, se dirigía a su Padre: Padre, yo quisiera tener millones de voces para cantar tus alabanzas, quisiera tener millones de corazones para responder a tu amor. Y bien, lo que Él hizo por el bautismo y por la eucaristía, Jesús vino vivir su vida en mí. Yo puedo cerrarle la puerta cuando Él llame, pero como se dice en el Apocalipsis, «Si me abres, entraré a tu casa y comeré contigo, bien cerca de ti, y tú cerca de mí»: Si yo me abro a Cristo, Cristo viene a vivir en mí y para Cristo, vivir es orar. Él vive en mí, Él ora en mí. Si Él vive en millones de labios para cantar las alabanzas de su Padre, hay millones de corazones para amar a su Padre. La oración del cristiano es la oración de Cristo. Cuando el Padre del cielo mira a la superficie de la tierra, como la noche, cuando miramos a Sur América que sobrevolamos en avión, uno ve por todas partes pequeñas luces; es la oración de su hijo Jesús en los corazones que se han abierto a Él. Si bien la palabra de San Pablo que cité ayer, la podemos retomar transformándola un poco. «Yo oro, pero ya no soy yo el que ora, es Cristo quien ora en mí». Así, cuando vengo delante de Dios soy débil, estoy fatigado, no logro recogerme sino que pienso en la gran y maravillosa realidad, aún si no puedo fabricar una oración, Jesucristo está en mí para hacer esa maravillosa oración al Padre. Y mi oración, ¿en qué va a consistir? En creer en esta oración de Jesús en mí, en adherirme con toda mí fuerza a esa oración de Jesús en mí; yo no puedo fabricar una oración, yo me uno a la oración que Él hace en mí.

Henri Caffarel

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