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ENTREVISTA A LAURENCE FREEMAN

“Dé más tiempo al ser y menos al hacer: vivirá mejor”.
Laurence Freeman preside, con el Dalái Lama, la Comunidad
Mundial de Meditación Cristiana.
“Tengo 65 años: temo cumplir cada década, pero
luego la celebro. Nací en Londres, aunque me siento cada día más irlandés, como
mis padres. El evangelio es neurociencia con Marta, el hemisferio izquierdo, y
María, el derecho. Para disfrutar de la vida recuerde que se acaba. Enseño
meditación en Esade”.

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Del ego al universo
Cada vez más entrevistados me citan aquí las virtudes del
mindfulness, como si fuera la última moda llegada de Oriente. Pero Laurence
Freeman, que viene de Oxford, explica que ni es moda ni es oriental. Se trata
de un regreso a las técnicas de higiene mental y concentración que dominábamos
en Occidente hasta que fuimos relegándolas a los monasterios. Nos privamos así
durante siglos de una gimnasia cerebral imprescindible para el bienestar.
Reduce ansiedad, estrés, hiperactividad y ayuda a gestionar el exceso de ego
con el que tratamos de compensar otras deficiencias. Con ese autodominio se
llega a la meditación con la que sentirá que su yo es el de todos. Es dejarse
ser hasta sentirse todo y nada con el universo.
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 Desde chefs hasta futbolistas: todos
hablan del mindfulness. ¿Usted se alegra?
Me alegro por ellos. De ­hecho, no es ninguna moda, sino un
regreso, porque con estas técnicas no hacemos sino reintegrarnos a una
tradición que habíamos perdido.
 ¿Por qué y cuándo las perdimos?
Los primeros cristianos recitaban mantras de relajación y
concentración para lograr la presencia plena, pero en Occidente esas técnicas
se fueron olvidando y nuestro rezo se volvió más cerebral. Excepto en la
Iglesia bizantina, que los conservó y aún los practica.
Y aún rezan con salmodia hipnótica.
En cambio, en la Iglesia romana, la contemplación fue
relegada a los monasterios para los místicos y fuera de ellos acabó siendo
considerada algo sospechoso. Así se perdieron las técnicas paleocristianas de
control mental.
Pues la verdad es que son pura higiene.
Por eso yo las enseño ahora a los no creyentes igual que un
hospital católico también atiende a los ateos cuando se rompen un brazo. A
algunos budistas les preocupa, en cambio, esta perspectiva tan práctica y la
generalización de su enseñanza y su uso.
¿Por qué?
Porque también puedes aplicar esas técnicas de
concentración y atención plena para ser mejor corredor de bolsa o mejor
francotirador en la guerra. Dominar la focalización puede servir a los peores
fines.
O ser un inocente ibuprofeno sin pastilla.
Por eso yo empezaría por diferenciar entre los beneficios y
los frutos del mindfulness. Y después ya hablaremos de
trascendencia.
¿No es lo mismo?
Los beneficios medibles de esas técnicas no son
trascendentes, sino inmediatos y patentes: disminuyen la tensión arterial,
mejoran el sistema inmunológico y la salud cardíaca, reducen la ansiedad y el
estrés…
¿Se logra todo eso solo con meditar?
Solo con técnicas de concentración y respiración. Después
llegan, además, los frutos. Tengo un alumno que estuvo en una guerra como
marine y me dijo que era ateo. Repuse que no había ningún problema. Que viniera
a aprender a relajarse con nosotros.
¿Funcionó?
Como buen ex-militar, era un tipo disciplinado, sí, y fue
capaz de imponerse la media hora diaria de concentración al salir el sol y al
ponerse, que son las mejores horas.
¿Y…?
Su mujer le pidió que siguiera practicando mindfulness porque,
desde que meditaba, la escuchaba. Antes, cuando ella le hablaba, miraba el
móvil, la tele o el diario, pero no a ella.
De marine a santo varón.
Yo diría solo que ahora es mejor marido y su mujer también
será mejor con él. Además de los beneficios, esos son los frutos del mindfulness: te
hace más paciente, tranquilo, agradable, sensible, empático. Y los demás lo
notan.
¿Se puede ir más allá?
El mindfulness es una técnica con la que
profundizas en ti mismo y mejoras tu autoconocimiento y autoaceptación. Así
sirve de preparación para la meditación trascendental con que la conciencia
empieza a expandirse y a tomar contacto con algo mayor que uno mismo.
¿Eso ya es una religión?
De nuevo, no necesariamente. Es una tradición, eso sí. Y
una experiencia renovadora con la que ves el mundo ya no solo desde ti mismo,
sino desde el tú y el todos hasta llegar a disolverte en una especie de
conciencia universal. Y no es fe: es praxis. Lo vives.
Parece usted muy convencido.
El cristianismo se muestra, así, universal. Cuando Jesús
dijo “que tu mano derecha no sepa qué hace tú izquierda”, hablaba
de los dos hemisferios del cerebro.
¿Era neurocientífico avant la lettre?
Exacto, porque el hemisferio izquierdo es autoconsciente:
analiza, elucida, categoriza; y el derecho es intuición, contemplación y está
en el flujo de los acontecimientos en presente continuo. El equilibrio se
consigue al conectar ambos hemisferios y la meditación ayuda a conseguirlo.
El evangelio, manual de neurociencia.
También en el episodio de María y Marta: ¿recuerda usted
que una contemplaba el mundo con Jesús, mientras que la otra se preocupaba de
las tareas de la casa?
Una agobiada y la otra gozando.
Jesús le dice: “Marta, Marta, te preocupas (es la ansiedad)
de demasiadas cosas cuando solo una es necesaria, y es que tú y tu hermana
estéis en armonía”. Jesús se refiere así a la unión del cerebro racional y el
contemplativo.
Una exégesis hermosa, padre, pero ¿no es un
punto arriesgada?
En absoluto: es el evangelio y nos anima a beneficiarnos de
la conexión del hemisferio racional y el contemplativo. Nos anima a meditar.
Ese es su sentido.
¿Solos o en compañía?
De los dos modos, aunque nosotros preferimos ayudarnos en
grupo a meditar. Y con niños: es increíble lo rápido que los pequeños conectan
de forma instintiva con la técnica y aprenden a concentrarse en el cole y la
vida.
Ojalá gocen de una comunidad relajada.
Pues eso debería ser el cristianismo. Basta con veinte
minutitos dos veces al día, o empiece con lo que sea capaz. Ya verá.
La Vanguardia

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