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UNA PREDICACIÓN SIN PALABRAS

El hogar cristiano es una predicación sin palabras pero extrañamente persuasivo. Ni siquiera hay necesidad de hablar el mismo idioma: un hombre y una mujer que se aman, la sonrisa de un niño, la paz de un hogar, son un lenguaje internacional que todos entienden, de cualquier país, sea el que sea su nivel intelectual. Y como un río siempre da testimonio de la fuente de la que se alimenta, el amor humano da testimonio del amor divino sin el cual no existiría.

Para calificar una misión apostólica de tal importancia, se impone una palabra: el hogar cristiano ejerce una función de “mediación” entre la Iglesia y el mundo. Mediador, es el medio y el lugar del encuentro entre Dios y los hombres. ¿Me objetaréis que hablo del hogar cristiano como si diera testimonio de todas las virtudes? No, hablo simplemente del hogar de buena voluntad, en el que el huésped ve seres que saben perdonarse entre ellos, reconocerse pecadores y que al mismo tiempo están seguros de la misericordia de su Dios. En un hogar así, no se trata de deslumbrar al huésped; se contentan con ser verdad en su presencia.

¿No es esta la gran ley del testimonio cristiano?

Acabo de hablaros de aquellos para los que el hogar cristiano es un albergue, una primera etapa del camino que conduce a la Iglesia, a los sacramentos. Pero a la inversa, hace falta que el clero pueda enviar a los hogares cristianos los seres frágiles y vulnerables que, para abrirse a la fe, necesitan un arraigo en esta comunidad cristiana, tan humana, que es una familia.

Vuestros hogares deberían estar suficientemente formados para acoger al adulto que se prepara al bautismo, a los novios ávidos de descubrir el pensamiento del Señor sobre todas las grandes realidades del matrimonio y a tantos otros cuya fe, si continúan aislados, no resistirá al ambiente de indiferencia y de ateísmo en que viven.

“Sencillo, verdadero, alegre y amoroso” así, en sus propios términos, debe aparecer, debe ser el hogar cristiano que quiere dar testimonio a sus huéspedes. La sencillez es lo que puede hacer comprender mejor al invitado que no es un extranjero sino un amigo, un hermano. La alegría: “El hogar, escribe uno de vosotros, debe testimoniar una alegría discreta; dando la impresión de que se consigue gracias al esfuerzo de todos y que no se conservará si no es con el esfuerzo de todos. Aquellos a los que la vida les ha privado de algún bien no tendrán envidia de esta alegría y tomarán parte en ella.” Participarán de ella, y puede que entrevean la Fuente de la que se alimenta esta alegría, y puede que tengan ganas de recurrir por si mismos a la Fuente. Gran número de los que nos escriben subrayan que los esposos deben testimoniar su amor mutuo, alma del hogar. “Un hogar apóstol, escribe uno de ellos, debe ser un hogar amoroso; es la única manera de dar envidia”.

Querría también invitaros a iniciar muy pronto a vuestros hijos en este arte de la hospitalidad. Según los hogares en que uno es recibido, se encuentra con los niños de una gran diversidad en la manera de recibir al visitante. Los hay educados, correctos, pero también indiferentes: el huésped es para ellos un desconocido sin interés. Al contrario los hay que aman al huésped con toda su espontaneidad de niño, interesándose por él y ofreciéndole su corazón abierto. ¡Dichosos los niños a los que desde pequeños se les inicia en el arte de acoger!

Henri Caffarel.

Texto obtenido de la “Lettre” nº 222 (junio-septiembre de 2017) de los Equipos de Francia. Extractos de L’Anneau d’Or, nº 163 – mayo-agosto 1963

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