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UNA EXCESIVA DISCRECIÓN ES FALTA DE AMOR

 

“¿Deseáis y os preocupáis de la santificación de vuestros hijos?” Siempre me responden con un sí muy seguro. “¿Y del progreso espiritual de vuestro cónyuge?” Aquí, con frecuencia, se hace esperar la respuesta, es vacilante y con frecuencia negativa. ¿A qué se debe esta negligencia? Un proselitismo indiscreto es, en efecto, una falta de respeto. Pero, en cambio, una discreción excesiva es una falta de amor. “Es más perfecto que yo” ¿Es esa una razón para no ayudarle?

Cuando se unen por medio del sacramento del matrimonio, ¡qué poco comprenden la magnífica confianza que les testimonia Cristo!: “Este ser, que ha trabajado mi gracia durante años, aquí te lo confío. Te necesito para llevar a cabo la obra emprendida. Cuento contigo. Nunca olvides que nadie mas que tú es responsable de su santificación, nadie tiene con más abundancia de las gracias que necesita.”

El amor no tiene otro lenguaje. Amar es querer el éxito completo del ser amado. Su desarrollo y su felicidad humana. Pero primero y por encima de todo, su desarrollo religioso, sin el cual su vida no tendrá éxito, su ser será inútil eternamente. El amor verdadero es ambicioso. El amor verdadero es exigente.

Ser exigente, con una exigencia de amor, no es tanto empeñarse contra las faltas de otro (todo educador bien lo sabe) como fomentar en un corazón, como se aviva una llama, el crecimiento de la generosidad hacia Dios y hacia el prójimo.

“Prácticamente ¿qué hacer para trabajar como es debido esta santificación de nuestro cónyuge? Santificación es una palabra importante, mientras que en muchos casos se trata más bien de conversión, o de progresos humildes en una vida espiritual que comienza”.

Lo primero que hay que hacer es de orden interior. Para algunos cuyo cónyuge rechaza cualquier esfuerzo espiritual, eso es todo lo que se puede hacer, pero ya es mucho.

Mantened en vosotros, con firmeza, esta voluntad de santificar a aquél que Dios os ha confiado. Tomarlo a vuestro cargo. Adoptar su causa. Comprometeros a no ahorrar nada para permitirle realizar su vocación. Y que esta voluntad se traduzca en la oración: no olvidéis que vuestra oración de cónyuge obtiene del sacramento del matrimonio una fuerza y una eficacia excepcionales. Unid la penitencia a la oración.

Mantener una mirada lúcida sobre vuestro cónyuge. Considerar sus dones, aparentes o escondidos como buenas semillas en su alma y ayudarle a ejercitarlos. No ignoréis sus defectos. Pero no os resignéis a ellos: eso sería una complicidad, una falta grave, de la que muchos esposos son culpables. Más aun ¡atención! Hay quien no sabe ver en ello mas que el mal. Hay una lucidez de egoísmo, muy diferente de la lucidez de amor que yo os recomiendo.

¿Tenéis siempre una mirada optimista sobre vuestro cónyuge?

No os contentéis con conocer sus talentos y sus defectos. Ayudarle a tomar conciencia de ellos. Practicar la franqueza. No ignoro que es difícil de practicar. Sé que a veces es preferible callarse. Muy a menudo el silencio no es más que pereza, respeto humano, cobardía. Creedme, es muy tonificante el clima de un hogar donde los esposos pueden decirse todo con sinceridad. Que vuestra franqueza sea humilde, auxilio de un pecador que ayuda a un pecador y espera ser ayudado por él. Que vuestro amor sea paciente, con esa paciencia del campesino que confía en las estaciones del año. Entonces vuestro amor dará frutos: “Tu amor sin exigencia me disminuye; tu exigencia sin amor me rebela; tu exigencia sin paciencia me desanima; tu amor exigente me hace crecer”

H. Caffarel

Lettre END n°219 – noviembre-diciembre de 2016. Extractos de L’Anneau d’Or – Número 19 – enero-febrero de 1948

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