home Reflexiones PAPA FRANCISCO Y LA MISA-7: LOS SILENCIOS

PAPA FRANCISCO Y LA MISA-7: LOS SILENCIOS

 

 

Hemos visto que el Acto penitencial nos ayuda a despojamos de nuestras presunciones y a presentarnos a Dios como somos realmente, conscientes de ser pecadores, en la esperanza de ser perdonados. Precisamente del encuentro entre la miseria humana y la misericordia divina, toma vida la gratitud expresada en el «Gloria», «un himno antiquísimo y venerable con el que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y glorifica y le suplica al Cordero»

La introducción de este himno —«Gloria a Dios en el cielo»— retoma el canto de los ángeles en el nacimiento de Jesús en Belén, alegre anuncio del abrazo entre cielo y tierra. Este canto también nos involucra reunidos en la oración: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra, paz a los hombres que ama el Señor».

 

Después del «Gloria», o cuando este no está, inmediatamente después del Acto penitencial, la oración toma forma particular en la oración denominada «colecta», por medio de la cual se expresa el carácter propio de la celebración, variable según los días y los tiempos del año. Con la invitación «oremos», el sacerdote insta al pueblo a recogerse con él en un momento de silencio, con el fin de tomar conciencia de estar en presencia de Dios y hacer emerger, a cada uno en su corazón, las intenciones personales con las que participa en la misa. El sacerdote dice «oremos»; y después, viene un momento de silencio y cada uno piensa en las cosas que necesita, que quiere pedir en la oración.

 

El silencio no se reduce a la ausencia de palabras, sino a la disposición a escuchar otras voces: la de nuestro corazón y, sobre todo, la voz del Espíritu Santo.

En la liturgia, la naturaleza del sagrado silencio depende del momento en el que tiene lugar: Así, en el acto penitencial y después de la invitación a orar, ese silencio nos ayuda al recogimiento; mientras que tras la lectura o la homilía, el silencio llama a meditar brevemente sobre lo que se ha escuchado; y después de la comunión, el  silencio favorece la oración  interior de alabanza, de agradecimiento o de petición. . Por lo tanto, antes de la oración inicial, el silencio ayuda a recogerse en nosotros mismos y a pensar en por qué estamos allí. He ahí entonces la importancia de escuchar nuestro ánimo para abrirlo después al Señor.

Tal vez venimos de días de cansancio, de alegría, de dolor, y queremos decírselo al Señor, invocar su ayuda, pedir que nos esté cercano; tenemos amigos o familiares enfermos o que atraviesan pruebas difíciles; deseamos confiar a Dios el destino de la Iglesia y del mundo. Y para esto sirve el breve silencio antes de que el sacerdote, recogiendo las intenciones de cada uno, exprese en voz alta a Dios, en nombre de todos, la oración común que concluye los ritos de introducción haciendo de hecho «la colecta» de las intenciones.

Recomiendo vivamente a los sacerdotes observar este momento de silencio y no ir deprisa: «oremos» y que se haga el silencio. Recomiendo esto a los sacerdotes. Sin este silencio, corremos el riesgo de descuidar el recogimiento del alma.

 

El sacerdote recita esta súplica, esta oración de colecta, con los brazos extendidos y la actitud del orante, asumida por los cristianos desde el final ele los primeros siglos —como dan testimonio los frescos de las catacumbas romanas- para imitar al Cristo con los brazos abiertos sobre la madera de la cruz. Y allí, Cristo es el Orante y es también la oración. En el crucifijo reconocemos al Sacerdote que ofrece a Dios la oración que desea, es decir, la obediencia filial.

 

En el Rito Romano, las oraciones son concisas pero ricas de significado: ¡ se pueden hacer tantas meditaciones con estas oraciones!. ¡Muy hermosas! Volver a meditar los textos, incluso fuera de la misa puede ayudamos a aprender cómo dirigimos a Dios, qué pedir, qué palabras usar. Que la liturgia pueda convertirse para todos nosotros en una verdadera escuela de oración.

Pidamos a la Virgen María que interceda por noso­tros para que la Santa Misa sea de verdad una auténtica escuela de oración, en la que aprenda­mos a dirigirnos a Dios, en cual­quier momento de nuestra vida. Que el Señor los bendiga. Mu­chas gracias.

Fernando

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