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MEDITACIÓN 3. “YA NO MEREZCO LLAMARME HIJO TUYO”

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Meditación 3
“Ya no merezco llamarme hijo tuyo”
La parábola del Hijo Pródigo (Lc 15, 11-32), o del Padre misericordioso como otros la prefieren llamar, arroja una curiosa luz sobre este gran laboratorio de vida y de construcción que es la familia. De hecho, ninguna familia permanece estática todo el tiempo. Y eso es porque la familia no es una idea, sino que tiene el dinamismo concreto e inquieto de la experiencia. La familia no queda congelada en una imagen: vive para dibujarse y reconfigurarse permanentemente. Pensemos, por ejemplo, en la nuestra. ¡Cuántos tiempos diferentes ya vivimos juntos, cuántas fases y estaciones hemos compartido! Fases buenas y difíciles; estaciones límpidas llenas de entusiasmo e inviernos exigentes; tiempos en que nos vimos todos para nacer y momentos heridos
en que nos sentimos para ser probados en la fe y en la verdad del amor. Es verdad que el infinito que nos corresponde vivir es a menudo un infinito frágil, pero eso no lo hace menos bello.

Las propias crisis forman parte del recorrido del amor y, si traen consigo turbulencia y sufrimiento, también constituyen oportunidades para sumergirse más profundamente en su realidad. Lo importante es no desanimarse. Lo importante es no confundir la etapa con la totalidad del camino. Cuando son vividas en pareja y en familia, hasta las experiencias de crisis se pueden convertir en experiencias de refuerzo del proyecto común. Ellas nos dan acceso a dimensiones de la vida que no habíamos todavía tocado. Lo que no es difícil que ocurra, se podría decir. Recordemos el relato de los orígenes, narrado en el libro del Génesis. Cuando Dios pregunta al hombre « “¿Dónde estás?”. Él contestó: “Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me
escondí”.» (Gen 3, 9-10). De hecho, ocultamos nuestra desnudez incluso de aquellos que más nos aman. Tememos abrir nuestra vulnerabilidad y nos cerramos dentro de un cascarón. Pero es en la mirada de aquellos que nos aman donde podremos encontrar esperanza para revisar nuestros obstáculos, límites y contradicciones, y buscar nuevas fuerzas. Muchas veces son las crisis las que posibilitan que se escuche la vida más allá de la apariencia y se contacte con la sed que se aloja dentro de nosotros.

Pienso, por tanto, que un cambio se opera cuando aceptamos percibir que todos somos vulnerables. Es fácil reproducir un esquema dialéctico y olvidar que el otro también es atravesado por el sufrimiento. Un camino necesario es reconocer que en aquellos que nos hieren (o lastiman) hay también bloqueos y molestias. Si no nos amaron como deseábamos, no fue necesariamente por un acto deliberado, sino por una historia quizá aún más sofocante que la nuestra. No se trata de desculpabilizar, sino de reconocer que en el otro hay alguien probado por el límite. Y que la herida ahora encendida no se destinaba a mí específicamente: era un magma de sufrimiento interior a la deriva, al borde de estallar.

La parábola del Hijo Pródigo recuerda a las familias que todos necesitamos del perdón. Y necesitamos pedirlo abiertamente como él lo hace. En una de sus audiencias del miércoles, el papa Francisco habló de tres palabras que considera son «las tres palabras clave de la familia»: «permiso», «gracias» y «perdón». Palabras ciertamente simples, pero difíciles de poner en práctica. Sobre esta última, el Santo Padre explicó: “Cuando falta, las pequeñas grietas se ensanchan, incluso sin querer, hasta llegar a ser fosos profundos. (…) Reconocer que erramos y deseamos restituir lo que quitamos – respeto, sinceridad, amor – nos hace dignos del perdón. Así se impide la infección. Si no sabemos pedir perdón, quiere decir que tampoco seremos capaces de perdonar. En un hogar donde las personas no piden perdón comienza a faltar el aire, y el agua se estanca. Muchas heridas de los afectos, muchas dilaceraciones en las familias comienzan con la pérdida de este vocablo precioso: «perdón». En la vida matrimonial muchas veces hay desacuerdos … y llegan a «volar platos», pero os doy un consejo: nunca terminéis el día sin hacer las paces. Oíd bien: ¿esposa y esposo, os peleasteis? ¿Hijos y padres, entrasteis en fuerte desacuerdo? No está bien, pero el problema no es ese. El problema es cuando este sentimiento persiste incluso al día siguiente ». Gracias a Dios, para la mayor parte de las cosas, basta solo un «perdón», un guiño, una sonrisa o una caricia. Pero también ocurren situaciones más complejas como aquella que en la parábola aparece traducida en la frase: «ya no merezco llamarme hijo tuyo». El pródigo disipó la herencia de la peor manera, relativizó los lazos de amor verdadero a cambio de sucedáneos fútiles… Son golpes imposibles de olvidar. Ahora bien, muchas veces hemos escuchado la pregunta: ¿cómo es posible perdonar si no puedo olvidar? Las heridas tocaron tal profundidad de nuestro ser que, aunque lo deseamos mucho, no conseguimos cancelar esas experiencias de nuestra memoria. No obstante, la pregunta que asocia el perdón al olvido necesita ser deconstruida. El olvido no es condición para el perdón. Podemos perdonar incluso lo que no puede ser olvidado. Entonces ¿qué es el perdón? El perdón es un acto unilateral de amor. Es dar al otro no lo que merecía por lo que practicó, sino lo que está en el corazón de Dios. Y actuando así, poco a poco percibiremos que ya somos libres, ya estamos desprendidos, ya no estamos apegados a un mal que sucedió. Nuestro corazón no tiene que ser un mar helado e implacable. La vida familiar está prometida al reflorecimiento, a una revitalización. Nuestros ojos enamorados nacieron para avistar no la ceniza de los crepúsculos, sino los nuevos cielos y la nueva tierra.

Arzobispo Tolentino

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