home Encuentros Internacionales MEDITACIÓN 4 “SU PADRE LO VIO Y SE LE CONMOVIERON LAS ENTRAÑAS”

MEDITACIÓN 4 “SU PADRE LO VIO Y SE LE CONMOVIERON LAS ENTRAÑAS”

13.

Meditación 4
“Su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas”
El texto de la parábola nos hace mirar en este momento a la figura del padre. Coloquemos en él no solo nuestra mirada, sino nuestro corazón, y descubriremos que este padre es la verdadera representación de la misericordia. Él que tiene dos hijos, percibe que debe tratarlos de forma diferente, mirando a cada uno de forma única. El hijo menor vino a reclamarle la herencia. Es una petición extraña, porque las herencias suponen la muerte de los progenitores, y este hijo quiere ya la suya en vida del padre. Y, sin embargo, el padre, sin decir nada, le da la herencia. El padre acepta el espacio que el hijo necesita; el padre acoge el riesgo de la libertad del hijo, lo ama simplemente. Dios acepta el riesgo de nuestra libertad, acepta que tomemos lo que Él nos da y partamos lejos, acepta nuestra posibilidad de errar, nuestra debilidad. El hijo menor, aun cuando regresa, lo hace todavía dentro de una lógica egoísta y centrada en sí mismo. Partió para experimentar la vida, y cuando regresa solo piensa en la necesidad de salvar su piel. Es el instinto de supervivencia el que habla, no el amor. El hijo pródigo dice: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: (…) trátame como a uno de tus jornaleros »(Lc 15,
17-19). Y no se da cuenta de que eso es ya imposible, pues cuando lo ve a lo lejos, el padre toma la iniciativa de correr a su encuentro. Y considera que más decisivo que el hijo se haya ido, es que ahora haya vuelto; más importante que la ruptura es el regreso. El hijo todavía viene lejos y el padre sale a su encuentro. Nos dice san Lucas: «Su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos» (Lc 15, 20). Es decir, dio cobertura a aquella vida sin belleza, la hizo completamente amable. A los ojos del padre, aquel hijo era simplemente el hijo, era su hijo. Y, lleno de compasión, fue capaz de abrazarlo repetidamente, de reintroducirlo en la intimidad familiar de la casa. Y, de una manera que el propio hijo jamás esperaría.

Podemos rebatir: «Este padre se ha excedido. Su es un amor excesivo. Él no debía tratar al hijo así. Debería aplicarle un castigo o al menos ponerlo a prueba, hacerlo pensar. Y decirle: “Ahora sufre y piensa en lo que has hecho”». El exceso del Padre, este exceso de misericordia tiene, sin embargo, un sentido. Dentro de nosotros entran en conflicto muchos modelos y formas de reaccionar. Pero lo que Dios nos dice es: «La misericordia es el arte necesario para salvar la vida, la misericordia es un camino que todos necesitamos aprender». Y no hay misericordia sin exceso. Creo firmemente que esta es una de las lecciones fundamentales de la parábola. Nos preguntamos muchas veces qué es la misericordia. Y la misericordia no cabe en una definición. Ella tiene que encarnarse para que la podamos tocar. Misericordia es compasión, misericordia es bondad, misericordia es perdón, misericordia es ponerse en el lugar del otro, misericordia es llevar al otro a hombros, misericordia es reconciliación profunda. Eso todo eso. Pero esto se realiza también con un determinado estilo, al estilo del padre de la parábola de Jesús. No hay misericordia sin don, sin donación. Aquel hijo pródigo traía tantas heridas, manifiestas y escondidas, y necesitaba ser sanado con el bálsamo de la misericordia. La misericordia no es dar al otro lo que el otro merece. En un efecto ético de inversión, la misericordia es, podemos afirmarlo, ofrecer al otro precisamente lo que el otro no merece. Pero dar por encima, dar más allá, ir más lejos. Reintroducir en la fiesta al hijo, reconfirmarlo con los símbolos de la alegría: el anillo en el dedo, las sandalias en los pies, la túnica más bella, el banquete del ternero cebado. Es este
exceso de amor el que refleja la misericordia.

Nos colocamos fácilmente en la posición de quien juzga a los demás: «Ah, hiciste esto, mereciste esto, mereciste aquello». Sin embargo, el padre misericordioso no se deja atrapar por el juicio. Él ve que el hijo regresa como quien viene de una guerra, todo hecho pedazos, maltratado y herido. Pero si no hay un exceso de amor que ayude a curar las heridas, que dé otro horizonte, que sea una palanca, no hay solución. El hijo no podía entrar en casa por sus pies. Él necesitaba ser llevado al regazo por el amor del padre. La misericordia es eso. No es esperar que el otro haga
el camino: es anticiparse y cargarlo a los hombros como la otra parábola del buen pastor nos enseña (Lc 15, 4-7), aceptando sus heridas, sus vulnerabilidades y reintroduciéndolo en la esperanza, sinónimo de la fiesta.

En familia lo experimentamos en muchas ocasiones. Si queremos ser personas moderadas y neutrales, si queremos ser justos, seremos hasta buenas personas, pero no conoceremos el Evangelio de la Misericordia. Porque el Evangelio de la Misericordia nos pide un exceso de amor: que seamos capaces de abrazar la vida herida, y que percibamos todo sin necesidad de decir mucho. El padre no es inconsciente. El padre percibe que ese hijo ha gastado todo de la manera más equivocada; el padre lo sabe todo. Y sin embargo, abraza todo y todo lo cubre con su
amor. La experiencia de misericordia es una de las cosas más exigentes y fascinantes de la vida. Pero al final, aquel hijo que estaba perdido es un ser transformado, modificado por el amor. Recemos hoy para que nuestra familia se convierta en una escuela de misericordia, donde sintamos que seguimos los pasos de Jesús.

Arzobispo Tolentino

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.