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MEDITACIÓN 5 “MI HIJO ESTABA MUERTO Y HA REVIVIDO”

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Meditación 5
“Mi hijo estaba muerto y ha revivido”
Entre todo lo que asumimos habitualmente como deber, raramente está de manera explícita la alegría. Sentimos más la alegría como un deseo que a veces se realiza, que como un deber que cada día nos compromete. Sin embargo, lo peor que nos puede suceder es invertir en una vida acelerada, altamente productiva, pero que pierde la capacidad de asombro, la posibilidad de la delicia, la ocasión de la risa y del júbilo. Tenemos que preguntarnos si no hay un déficit de fiesta en nuestras familias.
El escritor ruso León Tolstoi comienza su célebre novela Ana Karenina diciendo: «Todas las familias felices se parecen. Solo las familias infelices son infelices a su manera». No es verdad. Si el modo de llorar es personalísimo, también lo es el modo de hacer la fiesta y de construir conjuntamente la alegría. Nos dice Jesús en el Evangelio de san Juan: «Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud» (Jn 15,11). Y: «Nadie os quitará vuestra alegría» (Jn 16,22). Hay, por tanto, una alegría que constituye el horizonte de nuestra vida. Es fundamental que la familia sienta que es a la alegría a lo que está llamada. Es para la rueda de los elegidos. En verdad, somos atravesados, conducidos y llevados de la mano de una promesa, y esa promesa es la alegría.

La alegría no se reduce a una forma de bienestar o a un confort emocional, aunque se puede traducir también de esa manera. La alegría es, fundamentalmente, una expresión profunda del ser: en bondad, en verdad, en belleza. La alegría no nos viene cuando interrumpimos la vida: la alegría nace cuando agarramos uno de sus hilos, sea cual sea, y somos capaces de llevarlo  reativamente a su momento culminante. En vez de crecer en la severidad, en la intransigencia, en la indiferencia, en el sarcasmo, en la maledicencia, en el lamento, caminamos esperanzadamente en el sentido contrario. Crecemos en la sencillez, en la gratitud, en el abandono y en la confianza. Bienaventuradas las familias que dicen de sí mismas: «Somos un
laboratorio para la alegría»; «somos una escuela de la sonrisa»; «somos un taller para la esperanza»; «somos una fábrica para el abrazo y la fiesta».

Regresemos a la parábola del hijo pródigo. El padre explica al reticente hijo mayor la acogida festiva con que acogió al más joven: «Pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado» (Lc 15, 32). «Teníamos que hacer una fiesta». Ellos no tenían que hacer ningún banquete. Sin embargo, hay un deber que la misericordia nos hace descubrir: «Era preciso celebrar un banquete ». Esto es misericordia. Este deber al que nadie nos obliga, más bien es una obligación que nace del fondo de la esperanza, que brota del deseo de relanzar la vida, que irrumpe de la voluntad de afirmar que ella es el bien más precioso.

A veces sucede que, a medida que los hijos crecen, desaparece de las familias la caja de los juguetes. Las casas se vuelven (un poco) más ordenadas, se adhieren a una rutina perfecta que durante años no tuvieron, ganan una vez más una respetabilidad normalizadora. Entonces comienza un tiempo de tregua, sin las sorpresas que desesperaban: juegos esparcidos por todas partes, muñecos resurgiendo donde absolutamente no debían, etc. Primero se respira de alivio, pero después hay algo de extrañamiento. Pues hay una hora en que se percibe la falta que
nos hace la caja de los juguetes.

Es en esa caja donde se encuentran los símbolos, los juegos, las risas distendidas, las vacaciones en familia, los aniversarios, los juegos interminables alrededor de la mesa con mayores y jóvenes contagiados por el mismo entusiasmo, la contemplación cariñosa sin ninguna finalidad. Es en esa caja donde están las historias disparatadas y sabias que contamos en la vida. Ahí se conservan los olores, los registros, las palabras de una canción que cantamos muchas veces y después olvidamos, la primera bicicleta, los libros antes de saber leer, los cromos, el silencio de la intimidad, el viaje a la aldea, las conversaciones nocturnas en la ventana. En esa caja está el arte de hacer tiempo, de perderlo para que se vuelva más nuestro, permitiendo la imaginación, el sentido lúdico, la alegría. La caja de los juguetes no sirve para nada, y por eso nos da razones para vivir.

Recuerdo una historia que me contó una amiga. Su padre era juez. Un hombre exigente, sin tiempo para malgastar, sin gran empeño en escuchar las minucias por las que pasaban los niños. Ella creció, se formó y, durante los primeros años, llegó a trabajar como secretaria del padre. Esta cercanía en nada alteró el panorama que conocía: seguían siendo dos extraños, con una relación formal, y un mundo sumergido de cosas por decir. Ella cuenta que un día hicieron un viaje de trabajo a una de las islas griegas. Fueron en barco, y podemos imaginar los largos tiempos de travesía. De madrugada, sin embargo, sobresaltada, ella percibe que su padre está en su camarote, despertándola. Se fija en él sin percibir lo que está pasando. Y él le dice: «Ven a ver el sol que está saliendo. Es enorme, enorme. Ven rápidamente. Te gustará. Ven». Muchos años después, el padre ya había muerto, mi amiga me confiaba: «Si hubiera hecho por lo menos otra cosa, al menos una más, le habría perdonado todo». Recemos para que nuestras familias se conviertan en comunidades de encuentro, de perdón y de fiesta.

Arzobispo Tolentino

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