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AUSENCIA DE PAZ

En una reciente homilía el Papa Francisco se ha referido, una vez más, al tema de la paz. O mejor dicho, a la falta de ella. Y ha propuesto tres simples armas para afrontarla con éxito: humildad, dulzura y paciencia. ¡Qué simple! y  ¡qué difícil! En un momento en que la humanidad está hiperconectada, en que no podemos hacer un solo movimiento sin que, en muchas ocasiones,  sea fiscalizado, rastreado y controlado por miles de personas, no damos suficiente importancia a algo tan simple como la ausencia de paz. No la PAZ  como ausencia de guerra, sino como forma de vida. Vivimos en una sociedad de conflicto permanente, conflictos de razas, de culturas, de  religiones, de una crispación desmesurada, de una ausencia absoluta de escucha de lo que dicen otras personas simplemente porque opinan o son “diferentes” a nosotros, estamos encerrados en un individualismo tan atroz que solo nos importa lo nuestro,  lo que nos lleva a una brutal indiferencia hacia lo que le puede ocurrir a quién tenemos al lado. Incluso a lo más cercano. Nunca en la historia humana la ausencia de paz sea más visible y más sangrante  que en nuestras familias. La violencia social no es más que un reflejo de la violencia matrimonial y familiar, y no hablamos solo de violencia física, sino de esas violencias gestuales, de palabras, de actos, de silencios, de una absoluta falta de empatía hacia aquellos de los que decimos “son nuestros seres queridos”. Esos hogares donde coexisten todos los aparatos digitales de última generación con una falta total de un mínimo de comunicación,  donde sus integrantes son libres porque hacen lo que les da la gana, sin mirar ni asumir sus consecuencias, donde el yo se ha impuesto al nosotros. La humanidad ha crecido y evolucionado a  través del esfuerzo conjunto del colectivo, acompañado por  la libertad individual que pensaba en lo “nuestro”. El ser humano solo es libre si vive en una colectividad libre, donde el respeto, la tolerancia, la escucha y la igualdad son los faros y las guías hacia una auténtica justicia social.

Ya nos dijo el Papa Francisco que en los matrimonios hacen falta tres acciones: permiso, perdón, gracias. De nuevo vuelve a poner otras tres acciones para una sociedad  de paz: humildad, dulzura y paciencia. Si la familia es la básica y  máxima expresión de comunidad, allí donde se ponen los fundamentos morales, éticos y humanos de funcionamiento  de una sociedad,  es por tanto donde se  deben poner las bases para que todas estas acciones se pongan en marcha y se ejecuten, de hacerlo así, posiblemente y sin darnos cuenta, estemos cambiando el mundo.  Los ENS defendemos el matrimonio y la familia cristiana como puntales básicos para una sociedad más justa y fraternal que pone el valor en la más poderosa fuerza que existe en el Universo: el AMOR. Si de verdad nos lo creemos debemos actuar en consecuencia y para ello no olvidar las palabras del P. Caffarel con las que termina el librito de Vocación y Misión: más amor en los hogares, más caridad en los equipos, más espíritu misionero.

Qué no se queden en buenas intenciones.

 

Conchi y Jesús

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