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LA OFRENDA DEL MATRIMONIO


Acostumbrémonos a elevar hacia el Padre el homenaje de nuestra pequeña comunidad conyugal, mediante el ofrecimiento de toda nuestra vida, nuestra oración, la Eucaristía.

«Descubrís en la misa el tiempo fuerte de vuestra vida, el polo hacia el que deben dirigirse todas vuestras actividades, la fuente donde debe alimentarse toda vuestra existencia, la hora privilegiada del encuentro entre vuestro hogar y Dios. Queréis rendir homenaje a Dios, ofrecerle el culto filial que le deben los individuos, pero también las comunidades humanas; cada cónyuge, pero también, las parejas. y no ya cualquier culto sino ese sacrificio, el sacrificio único, perfecto, ofrecido una vez por todas, el de Cristo.

Sobre el altar están el pan y el vino. No os incumbe a vosotros transformarlo en el cuerpo y en la sangre de Cristo, sino al sacerdote, o más exactamente a Cristo a través de su ministro. Pero la ofrenda de «la hostia pura, santa, inmaculada, del pan santo de la vida eterna, del cáliz de perpetua salvación», os toca a vosotros, miembros de ese gran pueblo sacerdotal que es la Iglesia, presentarla a Dios en unión con el sacerdote. Escuchad a Cristo que os dice, dirigiéndose a toda la asamblea, pero también a vosotros dos: «¿Queréis celebrar la santidad de Dios ofreciéndole un sacrificio como lo hicieron todos los hombres religiosos desde que existe el mundo?; ved, pongo mi sacrificio a vuestra disposición, tomadlo, es mío, que se convierta en vuestro, que se convierta en el sacrificio de vuestra pequeña comunidad, fundado en el sacramento del matrimonio y santificado por él. Ofrecedlo, juntos marido y mujer, para reconocer la soberana majestad del Padre y expresarle la sumisión de vuestro hogar, para alabarle sus perfecciones infinitas y obtener de su dulce piedad el perdón de vuestras faltas, para agradecerle sus dones maravillosos y responder con el amor a su amor.»

Pero tenéis que comprender que para que el sacrificio de Cristo se convierta en el vuestro, no basta con que ofrezcáis su cuerpo y su sangre: El don del anillo no sustituye el don del corazón y de la vida: lo supone. Asimismo, la ofrenda del cuerpo y de la sangre de Cristo exige vuestro propio don interior. Sin duda, el don de cada uno de vosotros, pero también el don de vuestra comunidad conyugal. Este don posee múltiples aspectos en los que vamos a reflexionar: tenéis que ofreceros uno y otro a Dios, ofreceros uno y otro juntos, ofrecer vuestros hijos y más ampliamente todo lo que constituye vuestra existencia.

Acabo de decir que tenéis que ofreceros el uno al otro. Debido a vuestro matrimonio, en un sentido muy real y fuerte, pertenecéis a vuestro cónyuge, del mismo modo que él os pertenece. Pedidle, pues: «Ofréceme a Dios; quiero ser una hostia entre tus manos, como te ofrezco a él, a ti, otro mí mismo, mi bien más preciado». Creedme es una gran cosa este ofrecimiento del uno por el otro durante la misa; es la mutua afirmación de su deseo de que el otro penetre cada vez más en la intimidad del Señor. Un matrimonio así se encuentra al abrigo de esta idolatría que es, a veces, el amor conyugal: Dios es el primero a quien se ama y se vive. Y si un día el Señor llamara a uno de los esposos, el superviviente, a través de su dolor, sabría conservar la serenidad, recordando que este don del cónyuge a Dios ya lo había ofrecido muchas veces en el transcurso de las misas a las que asistían juntos.

Tenéis que ofreceros también el uno y el otro, juntos, ofrecer vuestra unión en los diferentes planos en que se realiza: una sola carne, un solo corazón, una sola alma. Ofrecer vuestra unión carnal a la vez santa y pecadora, santificada por Cristo desde vuestra boda, pero habitada a menudo todavía por una fiebre demasiada humana. Ofrecer vuestro corazón único, este corazón que no está ciertamente al abrigo del antiguo egoísmo, pero que ambicionáis sea el templo de Dios. Ofrecer también esa unión de vuestras almas, atada por Dios al nivel más profundo de vuestro ser, en ese centro donde vivís de la vida divina. Esta ofrenda de vuestra unión a todos estos niveles no es un don supererogatorio de vuestro hogar, sino su participación en el sacrificio de Cristo. Por tanto, no se trata de dirigirse a misa sin haber preparado vuestra ofrenda, es decir, sin haber verificado, purificado y renovado vuestra unión. Acordaos del precepto del Señor: «Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo que reprocharte, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; ¡luego vuelves y presentas tu oferta” (Mt 5 3-24)! Qué bien comprendo a aquel matrimonio amigo que nunca acudiría a misa, juntos o separados, sin que los esposos se hayan dado el beso de la paz: «La paz contigo!» HENRI CAFFAREL


[1] Texto del tema “Reunidos en nombre de Cristo”. Equipos nuevos.

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