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LA PARÁBOLA CONYUGAL

Vosotros, los que estáis casados, disponéis de poco tiempo para estudiar, para profundizar nuestra fe. Al­gunos sufrís por ello, mientras otros se conforman con facilidad, dichosos al contar con un pretexto que les dispense de una laboriosa búsqueda. Olvidáis que no só­lo los libros hablan de Dios y en vuestra casa disponéis de una Biblia «gráfica», si puedo decirlo así. ¡Hojead­la! Me refiero a todas esas realidades familiares con que contáis: el amor conyugal, la paternidad, la mater­nidad, la infancia, la casa … Lo más explícito que ha encontrado Dios para darse a conocer.! ¡Algo capaz de ha­cer sentir envidia a los que no se casan!

El matrimonio es algo que utilizan, desde hace 26 si­glos, los escritores inspirados para hacer comprender a los hombres a qué intimidad con Dios están llamados: «Del mismo modo que la esposa es la alegría del esposo, así serás tú la alegría de Dios». El padre de familia es la mejor referencia que encontró Cristo para lograr que en­tendiéramos lo que es Dios para nosotros y su inagotable misericordia: «Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!»

Y para transmitir el secreto de una vida espiritual todopoderosa sobre el corazón de Dios, Jesucristo nos in­vita a considerar la infancia: «Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él.»

En verdad, si supierais deletrear esa Biblia gráfica que es vuestra vida hogareña ¡qué pronto estaríais bien enterados de la vida íntima de vuestro Dios y de las i­nagotables riquezas de su amor que puede «por su poder que actúa en nosotros, ir mucho más allá de nuestras sú­plicas y de nuestros pensamientos!».

Una mujer a la que conozco descubrió, a partir de su amor conyugal, lo que debe ser la oración …

Y he aquí, captada a lo vivo, la meditación de un pa­dre de familia que sabe descifrar en su Biblia gráfica las lecciones divinas. Aquel día, fue su pequeño quien le transmitió el mensaje:

«Gracias pequeño. Yo te ayudo a aprender las prime­ras nociones de catecismo, pero eres tú mi maestro, el que Dios ha escogido para mí».

Cuando al jugar juntos te pongo en pie encima de la mesa y te digo: «Salta», te lanzas riendo. Sabes que te cogeré al vuelo.

Por la noche, cuando estás en la cama, ya no es tu risa lo que oigo, sino la Voz que me dice: «¿Es tu fe pa­recida a la de tu pequeño? ¿Qué sabes exponer por mí? ¡Y no obstante son mis brazos hasta tal punto más fuertes que los tuyos! …

«Si oís la voz de Dios, no endurezcáis vuestros co­razones». Ahora bien, vosotros los que estáis casados, no podéis dejar de oír a Dios si le escucháis, ya que en vuestro hogar os habla de mil maneras. Pero ¿ya le es­cucháis?»

HENRI CAFFAREL


[ Equipos de Nuestra Señora. Reunidos en Nombre de Cristo. Equipos Nuevos, 7.

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